Rutas Veredes - GR 11.2 Circular 3 Refugios Macizo del Posets o Llardana


Descripción Ruta GR 11.2 - Circular 3 Refugios - Biadós, Ángel Orús, Estós Refugios y Albergues de Aragón Editorial Prames

Rutas Veredes - GR 11.2 - Circular al Macizo del Posets - Octubre 2010
De derecha a izquierda Crencha d´el Forcau, Tuqueta Blanca y ladera Oeste del valle de Eriste o Grist
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Descenso desde la collada de la Forqueta (o Grist o Eriste) hasta el refugio Ángel Orús + Diente de Llardana, Espadas y Llardana (Posets)
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Diente de Llardana, Espadas y Llardana (Posets), Los Gemelos, Pico Royo de la Paúl, desde la subida al collado de La Plana
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Vista desde el collado de La Plana hacia el macizo de la Maladeta. Al fondo el pico Aneto, en primer plano las Agujas de Perramó
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Vista desde el refugio de Viadós hacia Llardana (Posets)
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Amanece Viadós Puente hacia el barranco Ribereta Uno de estos necesitábamos dos horas después
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Subida al collado de Eriste o Grist o Forqueta Tramo casi final de la subida al collado Horizonte veraniego en octubre
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Crencha del Forcau (dcha.) y Maladetas (al fondo) Vistas hacia el NO desde el collado de Eriste Llardana o Posets
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Boca-chancla Descenso hacia el valle de Eriste Ángel Orús, generoso en chinelas
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Refugio Ángel Orús GR 11.2 Cabaña de Llardana
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Valle de Eriste o Grist Tuca Mincholet, camino del collado de la Plana Llardana o Posets y el ibón de Grist
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Collado de la Plana, vistas a Maladeta y Aneto l'Agüeta de Batisielles Les Basetes y Agujas de Perramó
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Perdiguero al fondo Pastos de altura Tronco y Maladeta
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Ibón Grande Batisielles y Tuca de Batisielles Caminantes Adentrándonos en pinares y piedras
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Podredumbre Abrigo Canchal
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Ibonet Batisielles Raíces Perdiguero
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Sol y sombra Refugio de Estós Agulla de la Paúl
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Entrada al refugio de Estós Campánula Roca volcánica
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Purgatorio para Fernando Pajares y Kalenji Subida a la Collada Negra, hacia Los Gemelos Valle de Estós desde el Puerto de Chistau
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Punta L'Isabre Bicho famélico Barranco el Puerto
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Un mal paso y al fondo bien hondo Ovéjulas La marrón de la familia
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Pleta d'Añes Cruces y collado de Biadós Zinqueta d'Añes Cruces Los Gemelos, Posets, Espadas
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Bordas de Viadós Qué perra vida Pista Plan-Viadós, tramo aceptable
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Casoplón Homenaje Casa Alvira, fonda a pie del GR 11 en Gistaín
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Hotel Anita, lujo ** para todos los bolsillos San Juan de Plan Gistaín
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Portalón Simbología oscense Casuca por reparar
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Enfilando el temible collado de Grist (Eriste) Collado de Grist coronado Refrescando los piecitos
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Cobertura-man en acción, collado de La Plana No se han visto en otra, refugio de Viadós No era para menos

 

EL RECORRIDO DÍA A DÍA, por Fernando Pajares

DIA 1 BIADÓS-ORÚS

En el Pirineo, el gallo no canta porque no le deja la bufanda. Así, la alarma del móvil nos hace el toque de diana. Con los ojos legañosos y el cielo aún a oscuras tanteamos el suelo con las manos buscando esa bota que no termina de aparecer. Con los calcetines es más fácil pues han pernoctado en nuestros pies, como el pantalón y el forro polar.

Hay que reconocer que se tarda más en los quehaceres urinarios que en arreglarse. Hay una excepción: el tercer integrante del grupo, al que llamaremos Señor Kalenji para salvaguardar su anonimato ¿El motivo? El del nombre se sabrá después; el del anonimato porque hay mucho niño cabrón por los pupitres de los colegios; el de la tardanza radica en sus maneras nobles, sus placenteros gustos y las exquisitas atenciones que dedica a su cuerpo y vestuario.

Tras una asamblearia reducción de mochila acepta de buena gana un recorte de equipaje a la mitad y el no dormir con el pijama durante los siguientes tres días. El irreverente acto de esconder unas zapatillas deportivas le permitirá más tarde aliviar su tobillo de la presión de las maltrechas botas. El obediente acto de reducir su mochila a proporciones jíbaras le permitirá salvarse de cualquier otra lesión. El resto, secundamos el acto exprimiendo al máximo nuestros pertrechos.

De este modo, partimos camino del refugio Ángel Orús portando a la espalda el peso de una camiseta de manga corta, otra de manga larga, un par de calcetines y un anorak que nos sirva de escudo si el tiempo decide juguetear con nosotros. Una botella de agua y una bolsa de frutos secos completan el equipaje. Los bastones y un no demasiado frugal desayuno hacen de propulsor de nuestros pasos, alegres y confiados en los primeros metros.

El paisaje, que dibuja pinos y arroyos, praderas y bosque, ayuda al entusiasmo inicial. El vaho del aliento mide la temperatura en los albores del día como más tarde medirá las pendientes el jadeo de la respiración.

Con la única novedad de ver menguar la vegetación hasta esconderse, vamos dejando atrás piedras que se amontonan en canchales y neveros que han vencido al verano. El sol se ha adueñado del cielo tras una débil oposición de nubes dispersas y al abrigo de sus rayos nos detenemos por primera vez, tres horas después de haber dejado el refugio, habiendo alcanzado el collado de Eriste. Su anunciada bravura se nos antoja menor entre dátiles, orejones, almendras y fotos, ignorantes de que nos ha robado unas fuerzas que ya no nos serán devueltas del todo en los próximos días. Jeremías es quien sale menos dañado del ataque de las cuestas, al ser el que más fuerzas posee y quien menos tarda en sobreponerse al desnivel cuando éste empieza a sumar grados. Los otros dos aunamos ritmo para no desperdigarnos y sudar en solitario.

Pensado equivocadamente que ya hemos superado la etapa tras el paso junto al Tucón Royo. Los 2864 metros de altitud nos invitan a una bajada más lenta y dificultosa de la esperada. Con el Posets (3369 metros) siempre a nuestra izquierda y con el deshelado arroyo Lladarneta sirviéndonos de guía en su descenso, las paradas, por descanso, relleno de botellas o toma de imágenes aumentan su frecuencia.

No hace falta apuntar que en lugar de expertos montañeros o privilegiados atletas no pasamos de entusiastas caminantes y que es la ausencia de vías de acceso más sencillas las que llevan a determinados lugares a nuestras gastadas suelas. Y es rigurosamente exacta la afirmación en el caso del Sr. Kalenji, que vio como su calzado se quedaba en paños menores en el descenso, tunelando la suela hasta asomar el calcetín al final de la jornada.

Este final se produjo cuando la aguja del reloj había recorrido más camino del que debía sobre la hora estimada de llegada al refugio Orús. Este retraso –unas dos horas-, consecuencia de adelantarnos a un camino que no encontrábamos en el momento de avistar la cabaña de Llardana, que hace de refugio libre. Sabiendo que la dirección correcta era la derecha y no viendo el camino bajo las rocas desde las que mirábamos, optamos por el campo a través. Jeremías por la zona media de la montaña, el resto por la más alta. Todos, intentando llegar a un recodo en el que intuíamos en el mapa que se hallaba nuestro destino.

El dificultoso avance al libre albedrío de la montaña y las sucesivas subidas y bajadas de peñascos oteando pedregales en busca de una senda que nos burlaba a escasos metros, demoró nuestro descanso, que no se produjo hasta alrededor de las 17.00 horas, cuando la ducha de nuestra habitación nos reponía en higiene, el esparadrapo remendaba rozaduras, judías y albóndigas abastecían el buche y dos botellas de vino anestesiaban la fatiga. Diez horas de sueño serían el mejor taller para nuestra carrocería.

DÍA 2 ORÚS-ESTÓS

Sonar la alarma, saltar del colchón y engullir el desayuno que dejan de servir a las 7.30 horas viene a durar lo que en otras ocasiones lleva el volverse a arropar y darse la vuelta en la cama. Lo que tarda Jeremías en preparar su cuerpo para la andanza diaria dura al menos una cabezada más. Aunque los resultados lo avalan. Sus maltrechas articulaciones que lo detuvieron en empresas menores, son ahora sedal para pescar ballenas. O así se comportan al menos.

Para vestirse gasta el mismo protocolo que un torero sin cuadrilla. ‘El niño del traumatólogo’, se le podría anunciar en los carteles. Rodilleras, tobilleras y faja secundan ungüentos y pastillas que lo dejan a punto. En vista de los resultados, débiles de mente y fuerzas, su proselitismo médico hace abdicar nuestra voluntad ante la cremallera de su botiquín. Paracetamol, ibuprofeno, frenadol o voltarén, parchean agujetas, contusiones, congestiones y torceduras del día anterior.

Los primeros paso de la jornada destacan nuestra falta de pericia para encontrar el día anterior el camino, que ahora vamos desandando hasta el refugio libre a media que ganamos altura.

Hasta que alcanzamos la cota más alta del día (2702 metros, en el collado de La Plana), los músculos van entrando en calor y la imagen del refugio Orús nos fustiga a nuestra espalda, dándonos collejas de burla por el tiempo perdido la tarde anterior hasta avistarlo, teniéndolo a la vuelta de la esquina.

No es el mayor castigo del día, ni el refugio Estós la mejor recompensa. Ambas cosas se encuentran a la mitad de la etapa: el descenso hasta el Ibonet de Batisielles aúna lo peor y lo mejor de esta caminata. Tres horas de piedra en piedra, unas en equilibrio sobre otras, muchas bailando al son de la pisada, aletargan una marcha que imaginábamos más veloz. La tardanza cobra sentido en una imagen de calendario a orilla del citado y pequeño ibón. Idílico paisaje donde retozamos en su pradera sin más preocupación que observar el salvaje panorama, echar un sueñecito y bañarse en el sol, dado que la temperatura del agua no invita a hacerlo de otro modo. Buscadores de la perfecta foto o de idéntica seta son los primeros caminantes que cruzamos tras dos días.

Es ahora cuando más agradecemos que las previsiones meteorológicas casi veraniegas se hayan cumplido. Tras el descanso, coronado por el abandono de alguna seta de chocolate para buscadores despistados, empleamos hora y media en cubrir los cuatro kilómetros que nos separan del refugio de Estós. La postrera ascensión tras cruzar el río Estós, si bien la más breve, es la más ardua, dada la cercanía de la meta, cuyo edificio llevamos viendo media hora larga desde la enfrentada ladera que nos envía.

Una vez aposentados, nuestra higiene es puesta a prueba. La luz del día se está apagando y la temperatura desciende más rápido que el sol. Esto no sería un problema si la ducha de agua caliente no estuviera fuera del refugio. Finalmente, el olor gana la batalla al frío y acabamos limpios y jabonosos antes de enfilar la cama previa parada y fonda de lentejas, lomo y la consabida botella de vino, almohada de nuestro esfuerzo.

DÍA 3 ESTÓS-BIADÓS

Puesto en marcha, el colado de Chistau (2572 metros) es la última ascensión que nos queda en la travesía. Ochocientos metros de desnivel que tenemos que superar de inicio. Luego, un plácido paseo de tres horas hasta el refugio de Biadós donde comenzó y terminar la circular ruta.
El tercer día las fuerzas se notan mermadas. Algunos, en menor medidas, otros –mi caso- , en mucho mayor medida, Cada paso tira muy poquito más arriba de lo que empujan hacia abajo los michelines. Cien kgs que el bastón dirige más que sostiene.

Un nuevo error en la toma del camino nos hace alargar la subida hasta la Collada Negra (2874 metros), que da acceso a Los Gemelos (Norte, 3134 metros; Sur, 3146 metros), hasta que Jeremías, cuyas piernas llevan mucho más alto que al resto, subsana el error al observar que tanta nieve no parece corresponderse con la altura que marca el mapa. Un grupo de montañeros enfilando la senda correcta en una loma lejana nos corrobora el error, acogido con el fastidio de haber regalado metros de más a las piernas y la alegría de no tener que volver a subir ni la litera de la habitación.
Una nueva duda al desaparecer el camino tras un arroyo seco supone el último parón del viaje. Cruzamos como podemos el barranco El Puerto, que debió quedar a la derecha de nuestro camino en lugar de a la izquierda y disfrutamos del resto, un paseo gratificante por las vistas y el esfuerzo superado. Tan disfrutado como vigilado es el paso por una ladera en la que un despiste te puede hacer acabar con los morros aplastados 200 metros más abajo. Las fotos se suceden almacenando imágenes inalcanzables de otro modo. Arribados a destino, sudorosos y sonrientes, la pradera del refugio nos sirve de improvisada cama. De cabecero, el macizo del Posets, que nos vio enfilarle dos días antes para rodearle los pies con los nuestros, que nos traen de nuevo a su mirada. Otra vez, si acaso, ya nos encontraremos juntando las frentes.

La tarde la pasamos entregados a la gula y la grasa entre los manjares de Casa Alvira, en Gistaín, donde doblamos visita y homenaje gastronómico antes de escapar de la inminente tormenta que nos acecha y cuyos primeros síntomas  ya vemos por el retrovisor del coche, entre pinos y Pirineo.


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