De vuelta
Wednesday, September 10th, 2008Tras el regreso, para el que lo desea, comienza el tiempo de las conclusiones. Viajar, cada cual tiene sus motivaciones, se dice; sin embargo, creo que todos tenemos las mismas, con pequeñas diferencias, aunque lo expresemos de modo muy distinto, aunque las sintamos como propias, o únicas. Ni siquiera hay que hurgar en el fondo para ver que estamos hechos en serie: un molde para todos, todos para un molde.
La aventura no existe para el común de los mortales; existe la creencia en ella y el apego a ésta. Aventura es la ruptura con la rutina, pensarnos como ficción y tener un techo para compartirlo. Viajar es moverse; moverse sirve para creer que ahuyentamos la muerte. El viaje, por encima de todo, es metáfora de vida. Y al viajar nos sentimos más vivos. Y tanto más vivos cuanto menos rumbo llevemos. El paraíso de la rutina lo asociamos con el infierno de las almas en pena. La literatura y el cine industrializaron nuestros temores, de ahí el turismo, el viaje como gasto. Aparecimos nosotros, generaciones de culo inquieto, amantes de salutaciones y despedidas.
Hace ya que el tiempo y el espacio no son absolutos, se deforman, y dependen del observador. El individualismo agarró por el cuello tamaño descubrimiento y lo aplicó a las ideas que quiso, estaba en su derecho. Ahora, de regreso, hago lo propio, redefino conceptos: limpieza, distancia, alegría, velocidad, cansancio, generosidad, tiempo, calor, necesidad, imposible, lujo, no son lo mismo que al partir. A mí, es lo que me queda. La paradoja de relativizar abstrayendo: fuera expectativas locales. No es una cuestión de recordar, sino de practicar. Son visibles los cambios en tanto en cuanto sean acciones. A cada regreso, un paso más allá, incluso si más allá es más al fondo. Como la marca, no fear.
Cuando marcho, creo que será la última vez. Después, vuelvo a partir. Y siempre regreso al mismo sitio; pero cada vez estoy más de vuelta.














