Pejiguerías

Cuando uno se va de viaje en circunstancias como las actuales, dando bocados a deshoras, teniendo por usual lecho el suelo o el asiento del coche y aliviando los intestinos sin poder ponerle puertas al campo -literalmente-, se suele rebajar el nivel de exigencia. Vacunas de varias clases me llevan poseyendo un mes por lo que se pueden escatimar miedos al entorno cuando manjares ofrece.

Aunque siempre hay alguien a quien le puedas parecer un pejigueritas, no me tengo por un adalid de la pulcritud y las manías. Más bien al contrario, suelo preferir lo austero. No creo que sea el único con esa, digamos virtud, entre los que hacemos la ruta, más de otra forma es imposible estar un par de jornadas sin acabar vomitando o inconsciente. Viene a colación el manifiesto tras varios días de intenso calor en los que el camino obligaba a dormir a la intemperie, el polvo se abrazaba al sudor del cuerpo y la ropa había mutado en otro color, cuando tras varias horas adentrados en la noche, conseguimos alojamiento en Karakol, Kirguizistán. El escenario, seguramente invitaba a entrar en el baño con traje de astronauta. Sin embargo, pocas veces una ducha ha sido tan reparadora, una vez eliminados los prejuicios higiénicos.

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