Instantes
Cuando tu vida depende de estar vendiendo melones y sandías en un puesto junto a la carretera, cada giro de cuello es un anhelo. Aunque cada visitante es una venta casi segura por tratarse del postre diario, el componente básico de alguna dieta o el súbito capricho veraniego, la competencia habita en el siguiente metro cuadrado rebañando indecisos. Todas las horas del día, durante todos los días de la temporada. Un minuto de ausencia puede suponer un cliente al limbo. Y con él, las monedas que se ganan una a una entre humo de coches y polvo del camino. Una cama que no deja de estar caliente las 24 horas en las que hay un vendedor que llegó por primera vez cuando su mano ni siquiera alcanzaba el somier. De madrugada, entornando los ojos a cada fogonazo de luz. De día, regateando rayos de sol entre el ramaje de un árbol. De segundo a segundo, esperando ese instante en el que alguien se decide por tu puesto.