Kirguizistán

Uzbequistán, tierra de melones y borricos, en sentido literal, conste, desaparece de la retina, para dejar hueco a un país del que no sabiamos nada, Kirguizistán. Conste, además, que saldremos de él sin saber demasiado, mas no somos de los que desean saber, nos conformamos con ver la luna al atardecer raspando los picos que cubren las espaldas de Biskhek, y doy fe de que esa imagen muestra el cinexín en que se ha convertido la ventanilla del coche. En verdad, el único motivo por el que sacamos el visado de un país de nombre tan difícil de escribir fue porque vimos en un mapa un pico de 7500 metros junto a un gran lago y una ciudad llamada KaraKöl; no se puede pedir más, a los treinta, seguimos asi de paletos. Después nos enteramos que la zona es la reserva de la biosfera Ysyk-Kol y el promontorio de marras, que se conoce como Pobedy Peak, ha contribuido con ganas a la leyenda del Yeti. Al otro lado, Tayiquistán, y un pueblecito Ven-Su, apenas a 1000 metros sobre el nivel del mar y a escasos kilómetros del Pobedy, desde el que contemplar uno de los mayores desniveles de la tierra.

Para los que retozamos en el campo, sin ánimo de desmerecer, una ciudad siempre sabe a poco, la torre Eiffel no pasa de ser un poste de alta tensión demasiado espigado y las piramides una oda a la esclavitud, el miedo y la soberbia humanas. Con el paso del tiempo, olvidamos los motivos y nos quedamos con el resultado, que por cierto, suele resultar espectacular, destilado de técnica y esfuerzo, henchido de segundas y terceras interpretaciones que se escapan a la mayoría y un ramplón goce visual que captamos, con euforia y conformidad, los ineptos. A fin de cuentas, naturaleza en estado puro, del estiercol humano nace la rosa del conocimiento, para luego desplegar pétalos con forma de monumento. En lo reciente, Khiva, salida de las manos de un alfafero preciosista, Bukhara, moldeada por un arquitecto de ojos rasgados, o Samarcanda, imaginada por un ceramista con dotes de astrónomo, no pasan de ser creaciones que ensalzan la vanidad del artista y del que pone la tela para apilar tanto barro cocido, con la excusa de alabar a Dios. ¡Ah, ciegos estamos, Dios se alaba sólo! Claro que uno las contempla y no puede por menos pronunciar palabras culturetas, del estilo “la hostia, tio, pa’ cagarse”. Bellas creaciones, no se negara, sublimes diria Stendhal, pero Stendhal era un romántico, es decir, un inventor de realidades, sacerdote del sentimiento, meretriz de la emoción, un vibrador de la imaginación para los que necesitan estímulo artificial, lubricidad plasmada en papel; me quedo con la definición, racional ella, que lanza Burke acerca de lo sublime, dificilmente aplicable a obra humana, porque sublimes son las montañas que nos recuerdan nuestra estatura real, sublime es aquello que nos ofrece en bandeja dorada la intuición de la muerte, que, en definitiva, es lo que esconde el romanticismo si uno hurga en sus entrañas. Y divago así, porque aún tengo en mente las montañas que atravesamos hoy, con puertos que miran de tú al MontBlanc y perfiles de cuchillo que siegan la respiración, surgidos de golpe en una llanura que fue tranquila hasta que algo, alguien, decidió darse un homenaje de verdad, nada de simulacros temporales, y dejo su marca con un zarpazo que milenios despues nos hace estremecer. En el Himalaya no se necesitan minaretes. Aquí tampoco, no encontraras Samarcandas en Kirguizistan, de normal sobran las palabras, hay ocasiones, lugares, en los que hasta los hechos pintan nada.

One Response to “Kirguizistán”

  1. Guerreros Rojos Says:

    Sublime texto Borricos!!!!

    Un abrazo desde España de los Guerreros Rojos!! Nuestro Marbella quedño maltrecho cerca de Altai! mucha suerte en el camino y seguid así!!!

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