Uzbequistán
No hay frase sin dos lecturas, camino sin dos destinos, persona sin dos caras; el desierto no iba a ser menos. Su cara antipática es una amalgama de arena fina, viento, calor tenaz, escorpiones y millones de mosquitos; la cara amable cuenta con paisajes espectaculares, tranquilidad, cielo estrellado, noches frescas y multiplicación de las sensaciones, como ocurre al beber un trago de agua que lejos de ser insípida, dejar regusto a cloro u oler a pozo, nos sabe a gloria, diluye dudas sobre lo humano y lo divino. Uzbequistán es arena, es desierto, es cultura milenaria irrigada por dos ríos con la misma solera que los bíblicos, y cientos de canales, herencia soviética, que han convertido el mar de Aral en un terruño polvoriento, donde pecios olvidados atraen dólares con turistas aferrados a cámaras de fotos que no paran de hacer kilómetros. Uzbequistán cuenta con la cara agreste del desierto, pero se empeña en ofrecernos un oasis tras otro, verde ficticio a pie de arcen, donde aparecen las personas de mejor trato con las que nos hemos cruzado en 8500 kilómetros: da igual pedir indicaciones, olvidar la presencia de un semáforo y escuchar la voz de alto, alojarte en un riad, clavar el coche, a las dos de la mañana, tres palmos en la arena que invade la carretera, siempre hay brazos tendidos, sonrisas dispuestas y manos que apretar.
Uzbequistán huele a seda, especias, caravasares, madrasas, bazares, comercio, mediaslunas. Tras los parasoles, gestos disimulados, miradas descaradas, inquietas, rasgos orientales, piel morena y pelo azabache, que se explican por el comezón inguinal de los viajantes que desde China venían a hacer las américas. Uzbequistán huele a islam, al de las mil y una noches, furtivo, relajado, al islam místico de Hafiz, al libro del buen amor en manos de Sherezade.