Comienza el espectáculo

Prisas por oir el rugido de los motores. Nervios al arreglar los papeles en la aduana. Burocracia, infinidad de sellos, ventanillas, funcionarios. Nadie explica nada, sólo voces en ruso. Noche cerrada cuando el último coche, borrico para más señas, escapa del cepo kazajo. Cena efímera, olor de guiso, aroma a España y en marcha. Tierra, piedras, baches, carteles en cirílico. Extravíos. Relevos al volante, cabezadas sin pedales, estimaciones imposibles de cumplir. Amanece. Horizonte inmenso y un imperceptible arañazo que rasga el desierto para llevarte a él. Tonos rojizos se deslizan por la izquierda, violetas y azules empapan de óleo la otra mitad del lienzo. Breve promesa de paraiso derretido por el implacable sol, que emborrona en escasos minutos el cuadro de amarillo chillón. Arena en la garganta, tornados de tebeo, águilas a ras de suelo, camellos en caravana. Primeros problemas mecánicos, en medio de la nada, planicies, y polvo tan fino como el calor opresivo que se filtra dentro del coche. Enganchamos un equipo amigo al borrico. Cada uno aporta lo que puede. Sin su gasolina estaríamos varados en un mar de sílice; por cuánto tiempo, nadie lo sabe.

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