Turistas de un vistazo

La distancia del recorrido y el interés por lo que no se puede acceder con un billete ‘low cost’, hizo que desde un principio tuviéramos en mente asomarnos a los primeros 4.000 kms desde la ventanilla del coche; lo que da para alguna foto, testimonio de nuestro paso, y ahondar en algún prejuicio respecto a los lugareños. O concretamente, de los lugareños conductores, expendedores de gasolina o dependientes de comida, porque apenas con otros gremios hemos tenido contacto.

Por ello, poco podemos aportar de las costumbres y maneras de la Vieja Europa, más allá de lo que en una guía, un documental o un suplemento dominical se puede aprender. Pecado mortal para muchos será el tener tan cerca monumentos e historia y no indagar en los vericuetos de cada ciudad. Lo dejamos para otra ocasión, por tiempo y compañía, que algunos rincones no son para perderse con alguien que sabe el tiempo que llevas sin ducharte, el color trasero de tu ropa interior y el sonido de tus ronquidos después de comer una lata de sardinas en tomate y pegar la frente al cristal con 45 grados en el interior del coche.

Llego a esta conclusión tachando de la hoja de ruta la visita a Estambul. La falta de kilómetros, de sitio para domir, de euros y sobre todo de conocimiento sobre la fecha de salida del ferry de Baku, obligan a una fugaz mirada a las luces de Costantinopla mientras cruzamos el puente sobre el Bósforo, a las 11 de la noche de un sábado, entre frenazos y cláxones.

¿Apenado? En absoluto. La media hora larga de trayecto no es más que el anticipo de una visita más pausada a un sitio que se merece un visitante más entregado. Y sobre todo, que ahora no podríamos contar como acabamos en una ciudad en la que su aspecto jamás nos hubiera hecho parar un segundo de no obligarnos una avería. Entonces, desconoceríamos que en los árboles clavan las esquelas con la foto del fallecido, que hay calles por las que pasean carromatos de caballo sorteados por todoterrenos de última generación, que es más fácil que se intenten expresar en español o portugués que en inglés, que la alta tasa de paro arremolina a los hombres en terrazas, que los adolescentes se apiñan en un cibercafé a jugar en red, que puedes dejarte el coche con la puerta abierta y entornada entre gente nada boyante y al día siguiente todo estará en su sitio, que no conciben un turista por lo que siempre serás un viajero perdido. Y todo esto en la única mirada que hemos tenido hasta ahora para cargar en la mochila algo más que nombres en un mapa.

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