Treinta veces Alicante
Plácida barcaza, Platero deja atrás en horas el trabajo de años, de miles de manos, renegridas por el alquitrán. Con los faros metidos cada día un poco más en el vientre de Oriente, la aventura se escabulle. Obvio, cuando ésta es ficción; Hollywood, videojuegos, Marvel, Tolkien, ilusión de vidas planas. Existe, en pequeñas dosis, casos extremos, sin tarjeta de crédito. Por suerte, no la buscamos, pereza en la diestra, excepticismo en la zurda, cobardía en los pies; de otro modo, decepción. No queremos ser el Prince of Persia, ni hay ranura para ejecutar un Insert Coin. Un viaje, a lo más, se queda en un libro de elige tu propia aventura, donde aventura, que vende mejor, es sinónimo dorado del pobre, polvoriento camino. Y aún así, todos llevan al mismo sitio, la noche, que se cierne, contundente, cuando gusta.

Días quedan para que imprevistos, y no, por necesidad, malos, nos pidan mostrar la visa del Rally Mongol, cerrar la boca, mirar el cielo, manchar las manos de grasa, los labios de ambrosía; sin embargo, batallitas de objetor, idealizaciones aparte, chorradas sucedieron, de igual modo, poco ha, tirando hacia Alicante. Pazardjik y Tarancón no son tan distintos. Hechos. Llegando o sin llegar, collados, llaneras, arenales y ríos, Mongolia no queda más allá de treinta Alicantes. Cinco reflejan, lo que fue, por el retrovisor. ¿Habrá en puerto Ulán franquicia del Pollastre en la que amarrar nuestro pollino?