Italia

Granujas y rufianes, pero qué simpáticos. Así es el estereotipo que se subraya de los italianos, y desde luego, el que demuestran desde la ventanilla de su coche. No es cuestión de medir infraestructuras, aunque a un metro del suelo se vislumbran bastante peor las suyas que las del íbero pavimento.

Sorprende ya en la entrada desde Mónaco que la mayoría alumbra sus faros a plena luz del día. Parece ser que es ley, o al menos norma de uso común, pero sin resolver esa duda partimos como con la de cual es la diferencia entre la raya continua y discontinua si por ambas parece ser que se puede adelantar. Si en algún momento determinado hay 3 coches en una vía de doble dirección, no es problema, carril es todo aquel por el que quepa un coche. Así, que tienes dos opciones, o te adaptas haciendo lo mismo (no es aconsejable cuando tu coche sufre para coger los 100 km/h) o habitas la cuneta para dejar espacio central en los adelantamientos. Hay una tercera opción que es apretarse mucho el cinturón de seguridad a las tetillas para no echar el corazón por la boca

Por otro lado, sorprende que en un país exportador de máquinas de conducir de lo más preciosistas, se les haya olvidado añadir a los vehículos las luces de intermitencia, por lo que o eres mentalista o verás ante ti un montón de coches cruzándose indiscriminadamente como los marcianitos cuando eras pequeño. Es una lástima no haberle incorporado el rayo láser a Platero.

Las incorporaciones merecerían un estudio aparte aunque se dividen en dos: incorporación súbita por donde menos te lo esperas y tú tranquilo que te esquivo e incorporación en parado por donde menos te lo esperas y yo tranquilo que ya me esquivas. En cualquiera de ellas dos agarra fuerte el volante y mira con gesto de desprecio al autor de la maniobra como si de verdad le importase. El gen competitivo lo llevan tanto en la sangre como en la gasolina. No en vano, llevan empleando desde que los echaban a los leones. A veces piensas que lástima que al abuelo de alguno le tocase la fiera mellada.

Cuando alguno se moleste por cualquier cosa, se pondrá a la par, moverá los brazos diciendo algo que te dará lo mismo después de haber salvado el golpe y te acabará levantando el dedo gordo y dedicándote una gran sonrisa. No querrás, pero involuntariamente le devolverás el saludo y te quedarás pensando que él siempre se llevará a la chica y tú, al menos, no llevas esas gafas de sol de tontolculo.

Si estuvieras en la calle y te acabara de dar un abrazo, ahora mismo no tendrías la cartera en el bolsillo. Confórmate.

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